jueves, 23 de agosto de 2007

Wichi Nogueras, ¡Que peligro!


Estés donde estés, querido Wichi, vuelvo a decir que eras tan, pero tan bueno, que te complacimos siempre. Especialmente en lo de no levantar ni una estatua pelirroja en algún olvidado parque de La Habana. En eso has sido más afortunado que John Lennon, pero es que los que mamamos de tu poesía y aprendimos a pensar con ella, sabíamos de tu horror a las cagadas de palomas.
Mejor es prenderte tres velas y cruzar los dedos para ver si nos ayudas a los de acá abajo. Mira que mi musa, a veces, anda demasiado sola por las calles.
No le vendría mal, de vez en cuando, una pequeña transgresión. Un halo de lucidez de los que sólo se experimentan cuando te acercas al final de algún túnel sospechosamente iluminado y comienzas a recibir los metadatos que muchas mentes se transmiten a través de ciberesfera del espacio angelical.
Pero mientras nos desencontramos, porque claramente ignoras que yo existo, me consuelo publicando tus desmanes y me trago este amor, cronológicamente imposible.


El último caso del inspector

“El lugar del crimen
no es aún el lugar del crimen:
es sólo un cuarto en penumbras
donde dos sombras desnudas se besan.

El asesino
no es aún el asesino:
es sólo un hombre cansado
que va llegando a su casa un día antes de lo previsto,
después de un largo viaje.

La víctima
no es aún la víctima:
es sólo una mujer ardiendo
en otros brazos.

El testigo de excepción
no es aún el testigo de excepción:
es sólo un inspector osado
que goza de la mujer del prójimo
sobre el lecho del prójimo.

El arma del crimen
no es aún el arma del crimen:
es sólo una lámpara de bronce apagada,
tranquila, inocente
sobre una mesa de caoba”.

Wichi Nogueras (EPD)

De Virgilios y Piñeiras

Rebuscando en los archivos he encontrado este fragmento de Virgilio Piñeira y no puedo resistirme a compartirlo con ustedes. Todos nos hemos sentido alguna vez como un globo de aire frío o como una avestruz cuya cabeza se ha quedado soldada a la tierra. También como un león atrincherado en un zoológico rodeado de seres humanos hambrientos. Todo depende de cuál isla nos habita…¿O habitamos?


“Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol. la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?”

Virgilio Piñeira «Isla», 1979